
Cometimos el clásico error de dejarnos engolosinar con la idea de conocer el famoso Sawgrass Mills. Yo había ido a Miami unas tres veces, pero casi siempre a trabajar y habían pasado 18 años desde que fui un mes con mi familia en plan "compras y piscina". Así que ya casi no recordaba nada.
En aquella época viaje con mi tía y mis primos con la increíble suma de 100 dólares en efectivo que me consiguió mi mama. Había control de cambio (no nos salvamos nosotros) y mis tíos le habían pedido a Recadi 1.000 dólares por persona, cuya autorización aún está estampada a modo de souvenir en el pasaporte donde tengo la visa.
Como sabia que la plata no alcanzaría para todo el viaje, mi tía me dio un crédito mas o menos abierto, pero yo fui anotando en una libretica factura por factura todo lo que compraba. Eso era una de las tantas novedades del viaje, pues en Venezuela la factura aún no existía como requisito legal y el mas fabuloso de los itinerarios de compra se restringía a patear Sabana Grande unas dos o tres veces 'de subida y de bajada' para comprar zapatos. En Miami gasté 700 dólares en ese viaje, incluyendo una visita a Orlando. A mí me pareció barato, pero mi mama quedo endeudada por años con mi tía.
Pero volvamos a esta segunda travesía. Después de pasar casi una hora buscando un puesto de estacionamiento y de convencer a mis morochos de caminar incansablemente, apenas habremos conocido un tercio del fulano centro comercial del cocodrilo. Al término del recorrido, del cupo Cadivi de la tarjeta de crédito ya se le había raspado como el 80 por ciento de lo autorizado. Me convencieron de comprar unas fotos de 70 dólares, de regalarle un reloj de cumpleaños a mi esposo y de que un traje de baño de 30 dólares era baratísimo. 'What size quieres tu mi reina?' se oía en medio del pasillo para atrapar a los transeúntes dubitativos.
Arrastramos a los morochos helado en mano hasta el carro, metimos las bolsas en la maleta, nos quitamos los zapatos y caímos rendidos en el hotel.
El día siguiente era de Ikea y Target. Como acabamos de mudarnos, se suponía que nuestra prioridad era buscar cosas para la casa que en Venezuela son incomprables. De hecho, si queríamos una excusa para visitar el imperio, esa sería la apropiada, pues contando el pasaje, sale más barato ir a Miami a comprar unas persianas que pagarlas en Caracas.
Pero subestimamos la grandilocuencia mayamera. El Ikea era lejos e inmenso. Lo recorrimos como siete veces, perdí a los morochos como dos veces, a mi esposo otras tres y estuve horas tratando de entender si lo que buscaba lo tenía que anotar en el papelito, buscar con el carrito o hurtar de la exposición. Respuesta: ninguna de las anteriores.
Cuando llegamos al Target los precios eran infinitamente más bajos, pero nuestra capacidad de crédito y disposición de compra habían mermado y las maletas ya estaban llenas. Pasamos la aduana del aeropuerto de Maiquetía rogando porque el Seniat no comenzara a preguntar por qué tantos tiradores para closets o por qué toda la ropa va multiplicada por dos.
Pero al abrir las maletas en la casa, resulta que no compramos nada. Ya me estrene el único bluyin que me traje, los morochos mancharon las franelitas de Mario Bros que les regalamos y al pegar los tiradores en los closets, ya no queda nada por estrenar. El Cadivi de este siglo ya no alcanza para el "ta’ barato, dame dos".








Excelente artículo, en verdad no esperaba menos de ti :)