Una experiencia religiosa

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Mientras me asía del guardafangos del camión donde iban los camarógrafos, bajo el sol avasallante de la Costa Oriental del Lago, pensaba que esto era lo más parecido a un viacrucis que he vivido. Codos, rodillas, cabezazos y golpes se asemejaban a los famosos latigazos aquellos, mientras dos periodistas de VTV, cómodamente sentados en el camión, iban entrevistado activistas de Chávez en una nota de emocionalidad obligada.

900 metros de recorrido por una avenida a la que le quedó bastante grande la denominación. Con el paso del convoy de camiones rojos con el emblema del Corazón Venezolano bien grande en el capot, quedaban unos cuatro metros de cada lado, a lo sumo, para que un remolino de personas ataviadas con las franelas del Chávez que mira enigmático, oportunos abanicos de cartón tricolor y pañuelitos estilo llanero vieran pasar al líder máximo de la revolución.

Había otras vías más anchas, con múltiples accesos para facilitar la entrada y salida de gente en la Costa Oriental , una zona difícil para el chavismo desde que en 2009 el Gobierno expropió más de 70 contratistas de PDVSA, contribuyendo al desempleo y depauperación de sus tres principales centros poblados: Ciudad Ojeda, Cabimas, Tía Juana y Santa Rita.

La avenida principal que atraviesa Cabimas hubiera servido para que los seguidores de Chávez lo esperaran con algo de comodidad. Pero se escogió una más angosta y larga que vista desde cualquier toma aérea luciría repleta y roja, roja, rojita.

Primera estación: Llega Chávez, simpatizantes rompen anillo de seguridad. Mientras el presidente responde con evasivas apenas dos o tres preguntas que tras horas de espera pudieron hacer los periodistas, las bardas no son suficientes para contener a cientos de personas que, estilo-maratón, saltan las vallas y rompen el anillo de seguridad. Con un golpe de caballería que llevaba horas en loop por los altavoces como telón de fondo, los ministros pelan los ojos, haciéndose señas entre sí para que Chávez apure el paso y aborde el camión, mientras impávido, el presidente saluda a los asistentes, reparte besos, carga una niña y sube con calma las escaleras del camión-carroza, en donde minutos antes familiares, ministros y asistentes se habían disputado los espacios disponibles. “Todos nosotros sabemos la fuerza revolucionaria que hay en la Costa Oriental del Lago”, lanza.

Segunda estación: Efectivos de seguridad hacen maromas para mantener el cerco. La caravana avanza lento para evitar arrollamientos y Chávez saluda apaciblemente, secándose el sudor con un pañuelo, mientras decenas de efectivos de seguridad se encadenan de brazos para evitar que los activistas penetren el poco espacio respirable entre los camiones, en donde se supone van resguardados funcionarios cercanos a Miraflores y periodistas. Llueven los golpes. Entregar el papel en donde se ruega por una casa, una ayuda médica o un trabajo vale más que la vida de cualquiera. Hany Kauam suena por los altavoces con su pegajoso “Cha-vez-co-ra-zon-del-pue-blo-o”, pero el ánimo es otro.

Tercera estación: Muchedumbre penetra caravana. Sucede lo inevitable. Los hombres fornidos de Chávez no puede impedir que los activistas rompan el anillo de seguridad y arrecian los codazos, rodillazos y puños entre los camiones. La batalla campal es sólo bajo la superficie de lo visible. Desde las alturas de los camiones-carroza, los tripulantes actúan como si nada. El humo del camión que lleva los camarógrafos dificulta la respiración. Música llanera de fondo en una banda liderada por una mujer cuya voz ensordece.

Cuarta estación: Edecanes de desmayan a ritmo de golpe llanero. Humo, calor y tángana. Se llevan medio desmayado al primero de los edecanes, que había estado impidiendo la ruptura del anillo de seguridad. “Yo les dije que 900 metros eran demasiado por esta avenida”, dice jadeante otro de los efectivos de seguridad. Obviamente no le hicieron caso. Ruego a Dios porque este otro, que ha estado llevando parte de los codazos que era para mí, no se desmaye también. Las entrevistas de VTV continúan como si nada. Desde una nueva tarima suena una reguetoncito. El líder de la banda pide calma a la turba.

Quinta estación: Adultos y niños desmayados son atendidos en las casas. Un segundo edecán con vahído. Un corresponsal extranjero con el que intercambiaba miradas de susto viendo la cantidad de niños metidos en la marcha y las casi inexistentes salidas de emergencia disponibles, accede a la petición desesperada de ayuda un padre que carga a una niña de unos 8 años. A empujones y golpes logran salirse de la multitud y meten a la niña a una casa para atenderla. Muchas madres miran como si nada mientras cargan bebés de meses en sus brazos o sobre sus hombros, armadas con papelito en mano. Nada las detendrá. ¿Por dónde vamos?, me pregunta mi compañero de periplo. “Falta la mitad”, la responde el guardia a mi lado. Parece una eternidad. Otra tarima, esta vez con merengue ripiao.

Sexta estación: Periodistas de VTV regalan Gatorades. Resulta que dentro del camión de los camarógrafos había cavas con hielo y bebidas. A una periodista de VTV se le ocurre regalarnos algunos. Son como un oasis. Las compartimos como en la última cena, un trago por persona, sin importar por dónde pasó primero. Recargamos energías para poder terminar el via crucis. Varios camarógrafos y fotógrafos ya tienen sus equipos dañados de tantos golpes. Mi compañero me pregunta si no será mejor buscar una salida. No lo veo posible. Sigo pagada al guardafangos. Ya no descifro qué música suena en la tarima que acabamos de pasar.

Séptima estación: La caravana acumula más bajas que altas. A estas alturas, ya no diviso a los periodistas que me acompañaban al salir la caravana, pero veo algunas cámaras mezcladas en un mar de propaganda vuelta basura, brazos que se elevan para saludar al jefe, borrachos y mujeres al borde de las lágrimas. Mi abanico tricolor del Corazón Venezolano se volvió trizas. Hago maromas para conservar la mochila y respirar en medio del congestionamiento, el calor y el humo. “¿Estás bien?” Me pregunta alguien. Tal vez tenía cara de ser la próxima desmayada. Asiento. Me convenzo de que falta poco. Oigo que el camión girará para desviarse y tendremos que continuar abriéndonos paso con nuestras propias fuerzas para avanzar hasta la tarima principal. Que Dios no agarre confesaos.

Octava estación: Camiones se desvían, caravana se rompe. Era cierto, el camión comienza a girar a la izquierda, así que me guindo del brazo del periodista de mi grupo que aún queda entero. Una violenta lluvia de golpes y gente más apretujada que nunca nos mueve hacia adelante sin que podamos hacer nada para tomar un camino específico. En el medio de la tángana, oigo que piden abrir paso para el “ministro”. Es Andrés Izarra, que al parecer se quedó tan atrapado como nosotros en la turba. Ya perdí a mi compañero y comienzo a rogar a Dios. Me aferró a Izarra como una estampita sin soltar el bolso del fotógrafo que va adelante y siento una rumba de empujones en todas las direcciones mientras sus escoltas gritan que respeten al ministro. Llegamos al último anillo de seguridad antes de la tarima. No sé si aún tengo mi bolso.

Novena estación: Pocos llegan enteros a la tarima. Izarra alcanza la barda, pero un guardia de seguridad me empuja fuertemente de nuevo hacia la multitud, mientras repito a gritos desesperados que soy de prensa, pero me doy cuenta de que he perdido la credencial. Oigo una voz que grita varias veces que me dejen pasar. Es un funcionario de prensa presidencial, el mismo que nos invitó a asistir a la marcha. Se abre un claro detrás del guardia y me doy cuenta de que he perdido los zarcillos, parte del contenido del morral y hasta las suelas de los zapatos. Ambas. Hany Kauam y Omar Enrique cantan apasionados con los ojos cerrados en la enorme tarima, bajo decenas de luces rojas. Anochece. ¿Cuántas horas pasamos en este via crucis?

Aún aturdidos, nos llevan directamente a la tarima a tomar fotos de los artistas y minutos después nos hacen bajar porque llega Chávez. Consigo a otro ministro en las escalares, uno que me conoce. ¿Qué te parece este baño de pueblo?

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Comentarios

Excelente artículo, realmente lo relataste de una forma en que nos hiciste participar como si hubieramos estado allí. Sos muy buena en lo tuyo.

Pero ya que te gusta la lectura, te invito a visitar mi blog, donde podrás leer algunos cuentos....al menos para alejarte un poco de Chavez, la elecciones, y la política internacional.

Saludos

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Gracias a vos, y te espero.

Desde Uruguay seguiremos atentos las elecciones de nuestros hermanos venezolanos y que todo sea en paz y para bien

Saludos

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Felicitaciones por el articulo. Realmente es dificil imaginar algo semejante. Aqui en Canada la politica es un poco mas calme. Muy buena suerte el 7-O. hace falta un cambio.

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Marianna, de verdad te felicito, lo leía y me" faltaba el aire" muy real tu crónica, y valiente tu trabajo 

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