Vivir hiperconectados

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Por Cynthia Rodríguez para Siete Días, El Nacional

Facebook, Twitter, chat sobre diversas plataformas, dispositivos inalámbricos para conectarse desde cualquier sitio. Herramientas del mundo hiperconectado que están condicionando la manera en que nos relacionamos con los demás. Recibimos noticias por todas las vías posibles, de fuentes calificadas y del "boca a boca" virtual que es Twitter; opinamos sobre esas informaciones y generamos nuestras propias noticias; discutimos; debatimos; "conocemos" a personas que están en otras partes del mundo e interactuamos con ellas como si las tuviéramos frente a frente.

Hoy en día el humano interconectado promedio debe manejar más información que nunca antes.

Pero da la impresión de que estar tan conectados nos está incomunicando. "Hablar" con alguien no significa haberlo visto o haber escuchado su voz, sino tal vez haber intercambiado palabras abreviadas en un chat o mensajes de texto a través de un celular. No es poco usual la escena en la que una familia está en un restaurante y nunca se ven las caras, pues cada uno tiene los ojos y los pulgares concentrados en un aparatito.

Los niños y los adolescentes se mueven con una naturalidad tal entre pantallas que tienen poco tiempo para prestar atención a lo que sucede fuera de ellas, o simplemente no les interesa demasiado. Los adultos jóvenes han ido incorporando toda clase de formas alternativas para comunicarse, de manera más o menos natural, mientras los de la tercera edad se mueven entre quienes aprenden de sus nietos para mantenerse al día y quienes simplemente se declaran incompetentes.

Y el grado de exposición que manejan quienes tienen estos niveles de actividad electrónica es enorme. Ahora un jefe puede descubrir rápidamente si un empleado ha hablado mal de él, una esposa si su marido le ha sido infiel y una madre si su hijo le mintió con respecto a la fiesta de anoche. Asimismo, una familia separada puede reencontrarse y una persona puede hallar trabajo en tiempo récord. Pero también una banda de secuestradores o un delincuente sexual pueden saber "qué estás haciendo ahora", tal como se expone en el estatus de Facebook.

Vivir hiperconectado conlleva nuevas reglas que, en su mayoría, están todavía escribiéndose.

Cuando a Roma fueres, haz como vieres. No se trata de que la vida esté migrando por completo a otro planeta. Es más bien una incorporación de otras costumbres a la forma en la que estamos habituados a relacionarnos. Por supuesto, hay quien las incorpora con relativa naturalidad y hay quien no las asimila. El periodista Fernando Núñez Noda, director de Infociudadano.com y especialista en temas relacionados con Internet, afirma que "hay una tendencia a `virtualizar’ las relaciones personales.

Hace aproximadamente 15 años, la única comunicación tecnológica posible era telefónica. Hoy contamos con otras vías más rápidas y cómodas, que la gente privilegia porque ahorran tiempo".

Entre quienes prefieren la vía del correo electrónico o el chat, el experto declara que él mismo es un ejemplo: "A veces te provoca más escribir, porque no tienes que confrontar el peso emotivo de estar frente a alguien que te obliga a tomar ciertas poses. Todo se simplifica cuando escribes un mensaje".

Asimismo, una conversación cara a cara se ve invadida por estas nuevas costumbres.

"Los dispositivos móviles hacen que tengas más fuentes de distracción. Antes, en una conversación, la visión de las personas estaba dirigida hacia los rostros de sus interlocutores. Ahora, cada una de esas personas tiene un dispositivo y la vista está permanentemente pasando por allí a ver qué hay, qué les ha llegado. Como estos aparatos están conectados a Internet permiten la consulta inmediata de cualquier referencia y la conversación se amplía en ese sentido. Esa constante desviación de los ejes de miradas y de la atención forma parte de la conversación moderna", según Núñez Noda.

Luis Carlos Díaz, investigador de la comunicación del Centro Gumilla, considera que la forma en la que se juzga ese nuevo modo de conversación es cuestión de costumbres. "Lo vivo a diario. Hay una especie de rechazo social que tiene que ver con la brecha experimentada por quien no tiene una conexión continua desde un teléfono y, cuando tiene en frente a alguien conectado así, piensa que esta persona vive en una realidad distinta. Me imagino que con la aparición del libro se vivió algo similar", afirma.

Para Díaz, este es un proceso que no retrocederá. "Se va a domesticar de cierta manera, porque vamos a aprender a respetar de nuevo los espacios de la conversación. Es cierto que es feo estar en una reunión leyendo y escribiendo desde el teléfono, lo que da la impresión de encontrarse en otra parte". Así que se puede especular que el nuevo hábito encontrará su propia etiqueta para encajar dentro del más antiguo, y el diálogo, tal como lo hemos conocido, se transformará en otra cosa. De hecho, ya está sucediendo.

Como aprender a hablar. Es común oír hablar de los "nativos digitales" (niños que nacieron en la era de Internet). Este término, junto con el de "inmigrantes digitales" (los que han debido migrar al mundo hiperconectado y asimilar sus usos y costumbres), se usan para hablar de dos tipos de personas, que coexisten y tienen distintas aproximaciones al mundo en línea.

Para estos nativos estar conectados es lo natural. Saben casi instintivamente cómo hacerlo y relacionarse en línea. Se acostumbran tan rápidamente a ese ambiente que, para sus padres y maestros, inmigrantes, es un verdadero reto despegarlos de la pantalla.

Es común oír que un niño tiene "un horario" para conectarse, jugar videojuegos o chatear en casa, tal como otras generaciones tuvieron unas horas del día destinadas a la televisión. Sólo que despegarse de unos medios que emiten contenidos atractivos a toda hora y en los que la actividad no cesa, no resulta tan sencillo como era apagar la tele en la década de los ochenta.

Así, desde muy corta edad, lo único que un niño necesita para ejercer su facilidad natural a la interconexión es tener a mano un dispositivo que se lo permita. Propio o prestado.

"A estos chamos les da igual la teoría. Su concepción del mundo es: `Si necesito hablar con alguien, lo busco en Facebook o My Space; si necesito algo, lo busco en Youtube o en Google’. Ese es el marco de construcción de sus relaciones sociales. Los espacios físicos empiezan a ser secundarios", señala Luis Carlos Díaz.

Marianna Párraga, periodista y creadora de la comunidad virtual Hyperconectados, es mamá de unos morochos de 6 años de edad. Confiesa que tuvo que abrir ese sitio web como parte de una asignación en del Diplomado de Periodismo Web que cursa en el Tecnológico de Monterrey, pero que al principio se sentía perdida. Cuando le pidieron que abriera un blog, no tenía idea de cómo hacerlo. "Tenía que crear bases de datos, abrirme una cuenta en Twitter, colgar cosas en Youtube. Me sentí sobresaturada a los 15 días de empezar", relata.

Párraga no era la única en esa situación. Sus compañeros de clase también pasaron trabajo y cuenta que menos de 10% de ese grupo de periodistas tenía un blog creado previamente.

Hoy en día conduce ese espacio para la discusión de los roles del periodista hiperconectado, pero afirma que con sus niños la historia es diferente.

"Es impresionante", dice. "Reciben clases de computación en preescolar y allí ya les mandan tareas en las que tienen que investigar en Internet. No le temen a ningún botón. Si les doy un pendrive saben qué hacer, y reclaman cuando una computadora no tiene conexión. Y apenas pasaron a primer grado".

Esa sorpresa se registra cada vez en más hogares. Y las brechas apenas comienzan a abrirse.

A través del espejo. El boom de las redes sociales estalló de tal manera que apenas dio tiempo de asimilarlo. En apenas un año, Facebook creció 1.200% en Venezuela. Prácticamente todo el mundo se mudaba a la nueva comunidad y quien no lo hacía se perdía de "la fiesta". Así, esta red posibilitaba los reencuentros, era el lugar para recuperar amistades perdidas y para hacerse amigo de personas a las que nunca se había visto.

La categoría "amigo de Facebook" apareció en las reuniones del mundo físico.

"Con las redes sociales, la magia radica en que constituyen un lugar no geográfico donde las personas producen una especie de reality show de sus vidas. Todas esas actividades que tienen lugar allí configuran una especie de plaza pública muy interesante, a la que accedemos desde computadoras o teléfonos", indica Luis Carlos Díaz. Así, potencialmente, podemos comunicarnos con todo el mundo en tiempo real. Pero existe otra forma de ver la plaza pública.

"A través de la comunicación no sincrónica: la gente produce información con un ritmo, pero tú consumes con otro.

Hay una fantasía de tiempo real, pero tú puedes consumir eso de manera diferida", añade Díaz.

Ese modelo permite dosificar lo que se consume. Se puede elegir cierta información en lugar de otra, o hacerlo sólo en determinados momentos. "El problema es que estamos fascinados. Estamos adictos a las plataformas y los perolitos en este momento", según Díaz, lo que explica el nivel de conexión permanente de algunas personas. No obstante, el comunicólogo considera que la fiebre tiende a pasar y las nuevas normas establecen otros patrones.

También hay mitos que conviene considerar. De acuerdo con Díaz, "hay estudios sobre conectividad móvil que demuestran que la gente que no es sociable en la vida real, tampoco lo es en la red".

Núñez Noda tiene otro punto de vista. Para él, en Facebook la gente crea una versión editada y mejorada de sí misma.

"Como en esa frase de Víctor Hugo: `Rostro enmascarado, corazón desnudo’, cuando uno está enmascarado por el perfil de Facebook, abre su corazón. Es más real y dice cosas que no diría de otra manera", señala.

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